Uno de los errores más grandes que cometí como emprendedor fue creer que cualquiera que se sume iba a empujar como empuja un emprendedor. Que porque alguien parecía motivado, iba a resolver, hacerse cargo y avanzar. No fue así.
El emprendedor viene de otro lugar. Empuja, crea, se las rebusca, diseña soluciones donde no hay nada. Está acostumbrado al vacío, a la incomodidad, a decidir sin garantías. Asumir que todos funcionan igual es ingenuo… y caro.
En mi experiencia, contratar gente sin base sólida ni experiencia real terminó siendo más carga que alivio. Más ruido, más distracción, más trabajo para mí. Menos soluciones. Menos foco. Más desequilibrio. Personas que no traían juego, pero sí opinión. Que pedían, pero no empujaban. Que ocupaban energía y después se iban, llevándose más de lo que habían aportado.
Ahí entendí algo clave: una empresa no es caridad. La caridad, si existe, es consecuencia de resultados, no un punto de partida. Primero hay que construir algo sólido. Después, sumar gente sólida.
Un equipo es alto rendimiento. Como en el deporte. No podés poner un mediocampista que no arma juego o un defensor que no defiende. El objetivo del equipo es claro: rendir, cumplir, ganar partidos, escalar. Si no, el equipo va para atrás.
Ser empático no es perder el foco. En lo profesional hay roles, expectativas y un partido que se está jugando. Hoy elijo sumar menos, pero mejor. Porque emprender no es sumar por sumar: es sostener, rendir y avanzar con criterio.