Hay algo que aprendí con el tiempo y con el crecimiento personal: no todo el apoyo es real. Mucha gente acompaña mientras se siente cómoda, mientras cree que estás “más o menos” en el mismo lugar que ellos. El problema aparece cuando empezás a avanzar de verdad.
Apoyar no es aplaudir por compromiso. Apoyar es motivar, incentivar, alegrarse genuinamente por los logros del otro. Es estar contento cuando a alguien le va bien, incluso si eso te deja en evidencia. Y ahí está el punto: no todos pueden soportarlo.
Al principio están todos. Los “dale, crack”, los “qué bueno”, los aplausos automáticos. Palabras vacías, risas incómodas, apoyo de superficie. Pero cuando empezás a hacer lo que decís, cuando avanzás con coherencia, disciplina y resultados, algo cambia. Dejás de ser controlable. Dejás de ser cómodo.
Y ahí aparecen las fisuras. Algunos se alejan. Otros empiezan a restar. Otros directamente hablan mal. No porque hiciste algo mal, sino porque tu crecimiento los expone. Les muestra lo que no están haciendo, lo que no se animan o lo que dejaron pasar. Y eso duele más que cualquier crítica externa.
La envidia rara vez se expresa como envidia. Suele disfrazarse de ironía, silencio, distancia o falsa indiferencia. No es personal. Es reflejo. Es espejo.
Aprendí a no buscar validación donde no hay capacidad para darla. A no esperar apoyo de quien solo sabe acompañar desde el control. Y a valorar profundamente a quienes se alegran de verdad cuando a uno le va bien, aunque eso los deje atrás.
Crecer no solo te lleva más lejos. También te muestra quién camina con vos y quién solo aplaudía desde la tribuna.